El jazz amenizaba esa noche lluviosa y sin luna. La estrecha calle empedrada, a la salida del café, se sentía acogedora y extrañamente vacía.

Estaba fascinado por las dos imponentes columnas al final del camino, pero aún más por María, que había empezado a caminar bajo la lluvia y ahora lo miraba, con su hipnótica sonrisa, y lo invitaba a acompañarla. La luz amarilla y tenue de las lamparas, la melodía y armonía de la música y María, todo parecía producto de un sueño y sin embargo ahí estaba, pensando en que la acompañaría bajo la lluvia toda la vida.

Foto de Pedro Szekely (CC BY-SA 2.0)

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