Foto por Blake Bronstad, https://stocksnap.io/photo/KDW6ROR4WF, licencia CC0

Estamos rodeados por pantallas, parlantes y multitudes, que nos roban el silencio. Es poco el tiempo en el que en realidad estamos solos, y la mayor parte de ese tiempo estamos buscando la forma de evitarlo. Conversar con un autor a través de un libro, perdernos en una historia o en la música, muchas veces es sólo una excusa para no sentirnos encerrados en nuestros pensamientos. Nos roban el silencio… y lo agradecemos.

Es un miedo aprendido. Hemos perdido la habilidad de hablar con nosotros mismos, tenemos un temor inmenso de lo que podríamos decirnos. “Conócete a ti mismo”, pero no mucho, corres el riesgo de descubrir que no te soportas.

Este temor nos lleva a depender de las relaciones con otros, relaciones que están basadas en una proyección de nuestra identidad a través del prisma de las expectativas comunes.

Escucharnos nos permitiría tener una idea de quienes somos, dejando de lado las valoraciones hechas por una sociedad que busca uniformarnos y de tribus a las que tendemos a adaptarnos. Tendríamos una idea clara de qué nos hace felices y cómo lo que hacemos va a favor o en contra de esa felicidad.

No todo nos gustará, veremos las sombras, los demonios, los miedos, todo aquello que hace parte de nuestra identidad. Es más fácil luchar contra un enemigo conocido.

Los niños hablan solos, viven en su propio universo, pero poco a poco empiezan a asociar ese comportamiento con algo inadecuado. El mundo nos roba el silencio y con él la identidad.

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