Resaltar lo obvio mientras hacemos lo imposible se ha convertido en nuestro juego favorito.

“Están locos”, al menos en algo había consenso. Esta opinión era generalizada entre quienes conocían su historia; los protagonistas también la compartían. Vivían en un mundo imaginario, todo lo que ocurriera fuera de él no importaba, descubrieron que ese era el secreto de la felicidad.

Su historia inició por casualidad, como todas las buenas historias. Un frió día de noviembre, el ruido y el desorden de la ciudad se escondían bajo la lluvia. Diana había salido de la universidad, después de presentar su último examen de la carrera, se disponía a disfrutar de un café en su lugar favorito. Paredes blancas, en las que se podían ver rimas de Bécquer,  contrastaban con la barra roja y las mesas de madera un poco rústicas; la música suave completaba el ambiente perfecto para perderse en los pensamientos. Diana leía “Amor eterno”, como  lo había hecho cientos de veces,  le gustaba cómo se veían las palabras en la pared bajo el dibujo de un pequeño árbol, como si fueran hojas que habían caído por el otoño.

Francisco entró para resguardarse de la lluvia, lo tomó por sorpresa mientras caminaba por la zona. Quedó gratamente sorprendido cuando observó el lugar después de respirar un poco. Sólo la mesa en la que estaba Diana estaba ocupada, se veía tan cómoda y feliz que parecía hacer parte del lugar. No podría imaginarlo sin ella, perdería su propósito. Aunque temía romper aquel equilibrio, e iba en contra de su comportamiento habitual, decidió acercarse para hablar con ella.  Diana, un poco sorprendida, aceptó.

Hablaron por horas, tenían en común el gusto por la literatura, en especial la poesía. Al caer la noche concertaron una cita para el siguiente día. Se despidieron. Diana estaba sorprendida por la conexión que habían logrado en tan poco tiempo. Esa noche Francisco no durmió.

Desde que era muy pequeño Francisco había tenido clara su vocación. Su familia era muy apegada a las tradiciones y cercana a la iglesia, todos estaban orgullosos de la decisión de Francisco de entrar al seminario para convertirse en sacerdote. Ahora, por primera vez, titubeaba. Estaría sólo una semana en la ciudad, antes de volver al internado. Una semana para aclarar sus dudas.

Pasaron juntos todo el tiempo posible. Al final de la semana Francisco no tenía dudas. ¿Cómo decirlo a las familias? El problema no era sólo la familia de Francisco, la familia de Diana no vería con buenos ojos que abandonara el seminario por ella.

Decidieron olvidar las opiniones de los demás. Se amaban, nada más importa. Vivían en su mundo imaginario, nadie más podía entrar.

Materializar el mundo imaginario costó un poco más. Abandonaron todo lo que conocían. Una ciudad distinta sirve como escenario para la historia. Un profesor de latín y una joven diseñadora, tomados de la mano, completan el paisaje.

 

 

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